¿Se equivocaron? Sí. ¿Merecen la serie de ofensas que les escriben de forma anónima —porque son cobardes— sus odiadores en redes? No.
Su gran error fue ser diputadas en un podcast de desmadre.
En estos días en los que funar se ha vuelto el verbo preferido de los doble moral, parece que pensar diferente ya está prohibido y viene con la obligación de dar explicaciones.
Y ya funadas, llegó el odio.
¿Quién carajo decide qué es correcto?
¿Desde cuándo ya no sólo somos una generación, sino una sociedad de cristal?
Una cosa es cuestionar a las legisladoras y otra muy distinta convertir la crítica en insultos, amenazas y ataques personales.
Las sacaron de contexto, pero ese es otro tema. Lo grave, para mí, es el odio de comunicadores, políticos y anónimos. Los últimos en la categoría de “pocos huevos”.
Es muy fácil ser valiente con un perfil falso con una foto prestada.
Me queda claro que varios disfrazan de odio su envidia y se cobijan detrás de una computadora. Porque hasta este momento, de frente, ninguno se ha atrevido a increparlas.
No lo harán, porque así son.
Valientes en Facebook, implacables en X.
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