Cayó el primer ciberdelincuente en Puebla. Porque así se les llama a los que, desde el anonimato, se dedican a ofender. Porque una cosa es criticar y otra muy diferente es utilizar el mundo digital para agredir sistemáticamente a las personas.
Esos cobardes que se sienten muy gallitos detrás de un perfil falso, pero que no tienen el valor de dar la cara ni de asumir la responsabilidad de sus palabras.
Su acoso —porque eso es— puede destruir reputaciones, afectar familias y dejar daños en la vida de las víctimas.
Siempre escondidos, estos delincuentes creyeron que el anonimato los protegía, pero se equivocaron porque la ley existe en el mundo virtual.
Se terminó la impunidad en el mundo digital poblano. Así de claro y contundente, porque la libertad de expresión tiene varias fronteras: el derecho a la vida privada –a la intimidad-, al honor, a la honra y a la moral.
Que les quede claro que las ofensas y calumnias desde el anonimato no es libertad de expresión. Su disfraz para dañar sin enfrentar consecuencias ya no sirve.
Usar sus perfiles falsos para agredir, intimidar y denigrar tiene consecuencias. Según las denuncias, existen cientos de tuits, publicaciones y fotografías manipuladas que ya son valoradas por las autoridades.
¿Con qué derecho alguien puede llamar “putona” a una mujer y caminar impune por las calles? ¿En qué momento normalizamos que una pantalla sirva para humillar y violentar a las mujeres?
Que nadie confunda libertad de expresión con licencia para acosar. Y que nadie confunda anonimato con impunidad.
La capacidad para decir lo que se piensa es la más fundamental de las libertades, pero hay que hacerlo con responsabilidad.
Sin excesos, sin abusos y sin impunidad.
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