Lo que sucedió en Coahuila no responde —ni de cerca— a la realidad política que vive el país. Tampoco es el resurgimiento del PRI y mucho menos el de la oposición.
El Partido Revolucionario Institucional atraviesa la peor etapa de su historia y está reducido a su mínima expresión.
Hoy todos se quieren subir a una ola que es engañosa. Hasta Vicente Fox felicitó a los priistas porque “le dio gusto verlos renacer con tanta fuerza”.
¡Pinche ridículo!
Ni de cerca el priismo coahuilense es como el poblano.
Desde que se entregó a los brazos de Rafael Moreno Valle, el Tricolor sentenció su destino. Quitando al talentoso Jorge Estefan, puro líder chiquitito durante el Morenovallismo: Juan Carlos Lastiri, Fernando Morales y Pablo Fernández del Campo.
El último clavo al ataúd lo puso Néstor Camarillo y su grupito que sólo pensaron en el proyecto del hoy senador de Movimiento Ciudadano. Tomaron decisiones privilegiando intereses personales.
Hasta Blanca Alcalá mejor salió corriendo al PAN.
Y aunque el Revolucionario Institucional se envalentonó y asegura que van a repetir la receta a Morena en 2027, no va a suceder así.
Coahuila es el último bastión tricolor, igual que en 2020 y 2023 ganaron 16 de 16.
La dura realidad es que el PRI a penas y se logra mantener en pie.
Y en Puebla, ya no queda casi nadie y tiene el grupo político más mediocre de su existencia. Sin cuadros competitivos, sin narrativa propia y sin una ruta clara para recuperar la confianza ciudadana, el PRI poblano está más cerca de la irrelevancia que de la recuperación.
No se confundan, Coahuila no es Puebla.
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