Por: un ciudadano más
México amanece todos los días con una herida abierta. Las noticias hablan de asesinatos, feminicidios, corrupción, narcotráfico y desapariciones. No hay tregua: la violencia nos ha robado la tranquilidad y la inseguridad es ya parte de la rutina. La extorsión estrangula comercios, miles de familias buscan a sus desaparecidos y la impunidad se pasea con descaro en cada oficina de gobierno. Vivimos, pareciera, en un país que se desmorona frente a nuestros ojos.
Pero el problema no es solo “de los otros”: también somos responsables. La descomposición social empieza en casa, en la familia que normaliza la mentira, en la indiferencia hacia el vecino, en justificar “el pequeño soborno” o el “favorcito” que erosiona la confianza. México no se pudre únicamente por los criminales o los políticos, sino porque como sociedad dejamos de exigirnos valores básicos: respeto, honestidad y empatía.
Entonces llega septiembre y la pregunta incómoda: ¿qué celebramos? ¿Vale la pena gritar “¡Viva México!” cuando tres mujeres son asesinadas cada día por el hecho de ser mujeres, cuando más de 100 mil personas permanecen desaparecidas y cuando la corrupción sigue siendo regla más que excepción?
Tal vez sí. Tal vez celebrar no signifique ignorar el dolor, sino recordarnos que este país también tiene raíces de esperanza. Que somos millones los que trabajamos con dignidad, los que soñamos con un futuro distinto, los que creemos que México puede levantarse. El verdadero grito no está en el festejo vacío, sino en el compromiso silencioso de cada ciudadano que decide hacer las cosas bien, desde su pequeño espacio.
Porque México no se salva solo con discursos ni con banderas, sino con la voluntad de su gente. Y ahí, todavía, hay razones para creer.
